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Angel

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La Asociación No al Acoso Escolar la componemos psicólogos, profesores, abogados y especialistas en las diferentes áreas que tienen que ver con el acoso escolar y la atención a las personas que se ven involucradas en una situación de bullying.
Cuando todo estalló, yo tenía ocho años, mi hermana casi cinco. Mis recuerdos de ese tiempo son gritos, golpes, muebles rotos, desorden, olor a alcohol y a tabaco. Para ese día yo ya tenía problemas en la escuela; no teníamos una rutina de higiene, por lo que a veces olía mal y tenía el pelo grasiento, también iba vestida con faldas y blusas exageradas e incómodas, que no sabíamos de dónde sacaba mi mamá, aunque parecían usadas o de otra década. Tampoco teníamos pantis, ni ropa de abrigo, por lo que en invierno pasábamos frío. A veces mi mamá nos mojaba la cabeza, bien temprano, para que pareciera que nos habíamos duchado, porque, con toda seguridad, se habían quejado de nosotras en la escuela. Ella sí se aseaba (con agua caliente) y usaba perfume, también vestía con ropa llamativa, pero nueva, y solía ir con mucha frecuencia a los salones de belleza. No recuerdo que nunca nos llevara de compras, ni siquiera al súper. Si lo que traía nos estaba ajustado u holgado no importaba, igual teníamos que usarlo. Mi papá solía discutir con mi mamá por eso. Cuando bebía, que era muy a menudo, le preguntaba dónde gastaba el dinero, porque nunca teníamos comida y era su madre (mi abuelita paterna) la que nos traía guisos caseros dos o tres veces por semana. Mi mamá le gritaba, le arrojaba lo primero que tenía a mano y le daba empujones. Papá lloraba y se daba golpes contra las paredes. Solo la empujaba para apartarla de él. Si mi hermana y yo intentábamos parar la pelea, mamá nos tomaba del pelo o del cuello de la blusa, nos metía en nuestro cuarto y aseguraba la puerta con una silla. Todos los vecinos sabían de las peleas, pero nunca nos ofrecieron ayuda. Vivíamos en un pueblo pequeño, y los rumores llegaron a mi escuela, lo que lo empeoró todo para mí.
Me decían que yo era la hija de un flojo borracho y de una mujer de la calle. También, que mis papás no me querían, y que mi hermanita no era mi hermanita, porque ella era mucho más bonita que yo, y no nos parecíamos en nada. Me gritaban todo eso, junto con muchos más insultos. Me pellizcaban, pateaban y me jalaban del pelo, hasta que me hacían llorar y salían corriendo.
Aunque no comía mucho, lo que comía no era bueno, y perjudicó mi salud, haciéndome que tuviera tendencia a engordar y que me saliera vello más grueso y oscuro, incluso por la cara. Los niños de mi escuela, que ya se burlaban de mí por mi olor y apariencia, fueron muy crueles cuando eso empezó a ser muy obvio. Me apodaron con un nombre de animal. Hacían sonidos de animales y me arrojaban pienso, para que me lo comiera, cuando salíamos al patio. Yo solía esconderme en el baño, aunque eso no siempre me libraba de sus golpes e insultos.
No tenía ganas de estudiar, ni le veía utilidad. Para mí la escuela era un infierno, igual que mi casa.
Nunca nadie se interesó en mis tareas. No tenía mis propios libros y me costaba prestar atención. Ni siquiera sabía leer y escribir bien. En clase siempre estaba cansada y tenía sueño, porque el hambre, la tristeza o mis papás no me dejaban dormir. También era difícil para mí seguir las explicaciones que me daban porque no conocía el significado de muchas palabras. A veces, para que no entorpeciera al resto, mis maestros obligaban a alguien a sentarse a mi lado, para supervisar lo que hacía. Eso les dio más poder sobre mí a los otros niños y provocó que sus mamás se enfrentaran a la mía. Mi mamá, que ya solía tener peleas con las otras mamás (supongo que por lo que decían de nosotros) llegó a intentar agredir a una tirándole un zapato. Recuerdo que ese día le pedí a mi papá que no dejara que ella me llevara más a la escuela, pero fue el director el que finalmente le prohibió entrar en el edificio. Al final mi abuelito se encargó de llevarme. Fue él el que se dio cuenta enseguida de que sufría bullying. Se sintió muy mal, porque no lo imaginaba; mi mamá presumía de que me encantaba ir a la escuela, pero era mentira…
Aunque seguía teniendo casi los mismos compañeros que en mi primer año de clases, nunca pude integrarme entre ellos. Nunca querían estudiar ni jugar conmigo. No podía invitarlos a casa y a mí tampoco me invitaban. Si teníamos alguna actividad en grupo solían darme de lado. Nadie sentía el menor aprecio por mí ni se preocupaba de cómo me sentía, ni siquiera mis maestros. Cuando llegó una maestra nueva, muy joven, no tardaron en advertirle que mi familia era problemática y que yo era una niña torpe y desobediente. Ella prefirió conocerme en lugar de hacerles caso. Fue la única a la que me atreví a contarle todo lo que pasaba en mi casa y en la escuela, porque me prometió que nadie más iba a enterarse. Le dije todo. Recuerdo que empecé calmada, pero que acabé llorando hasta casi no poder hablar. Ella también lloró y me abrazó. No recordaba que nadie me hubiera abrazado así hasta entonces, ni siquiera mis abuelos, a los que mi mamá había convencido de que era una niña mentirosa, rebelde y problemática.
Yo me enteré mucho más tarde, pero esa maestra habló con mis abuelos paternos, que empezaron a arreglar las cosas para quedarse con mi hermana y conmigo, al menos, mientras mis padres solucionaban sus problemas matrimoniales.
En las vacaciones de navidad mi mamá se enteró. Por hacerles daño, y sin avisar a nadie, nos llevó a casa de sus papás, a los que mi hermana y yo no veíamos casi nunca. En un principio, mis abuelos maternos no nos trataron muy bien a ninguna de las dos; éramos sucias, desordenadas y bastante rebeldes para nuestra edad. No teníamos horarios ni rutinas: podíamos ver televisión cuándo queríamos y comer dulces a cualquier hora.
Siendo tan pequeña fue difícil para mí entender que la gente que te quiere de veras es la que más te dice “no”, la que te pone normas, límites y la que te empuja a dar lo mejor de ti. Yo era muy sensible a las críticas, estaba siempre a la defensiva y me lo tomaba todo a mal, por lo que se lo puse duro a mis abuelitos. Llegué a insultarles muchas veces e incluso a escaparme de su casa, por cosas tan ridículas como que no me gustaba la cena, por mandarme a acostar temprano, contratar a un maestro por horas para mí o por llevarme al doctor, para que me ayudara a balancear mi salud. Después de dos meses comiendo bien, progresando en los estudios y llevando un horario propio de niñas de nuestra edad, mi hermana y yo cambiamos nuestra forma de actuar casi por completo, y empezamos a confiar en nuestros abuelos y a ser más amorosas. Ellos entendieron entonces que mi mamá era la mayor responsable de nuestro comportamiento. Hasta ese momento, ella les había dicho siempre que era mi papá, por agresivo, borracho y derrochador, el que lo estropeaba todo.
Por el bien de sus nietas, mis abuelos maternos dejaron sus rencillas a un lado y contactaron con mis abuelos paternos. Los cuatro acordaron cambiarme de escuela e intervenir juntos para darnos un hogar estable a mi hermana y a mí. También intentaron ayudar a mis papás, pero no pudieron. La lucha por nuestra custodia nos hizo sufrir mucho a todos, durante años, pero no evitó que me diera cuenta de que tenía que quererme a mí misma y luchar por mi felicidad, que no debía esperar a que personas enfermas, crueles y egoístas, me dieran permiso para vivir, y que ni mucho menos debía dejarme abusar por ellas.
En mi nueva escuela, con mi nueva autoestima, empecé a ser la persona que siempre había deseado ser. Aún tenía muchas secuelas emocionales, de mi paso por la anterior, y fue todo un desafío el reinventarme, pero lo logré. Hubo quién no me lo puso fácil, pero llegó un punto en el que la gente malvada solo me daba pena. Incluso logré que esos falsos enamorados y amigos, que en mi adolescencia usaron la falta de cariño que había tenido para aprovecharse de mí, me respetaran y me dejaran en paz.
Ya han pasado quince años de todo eso. Mis papás siguen siendo igual de tóxicos y autodestructivos, por lo que mi hermana y yo hemos decidido que no formen parte de nuestras vidas. Para castigarnos, por “malas hijas”, solían venir a molestar y a pedir dinero a casa de mis abuelos (que ya son muy mayores), así que decidimos irnos a vivir juntas a otra ciudad, para librarles de eso. Ahora las dos trabajamos y estudiamos. Vivimos de forma sencilla, pero, poco a poco, nos vamos acercando a nuestras metas. Por fin somos felices y libres, que es lo más importante. Todavía hay quien intenta hacernos sentir mal por nuestro pasado, por los errores de nuestros padres, o por el hecho de que no parecemos hermanas, la diferencia está en que solemos burlarnos de ellos y de ello. Recuperar la autoestima fue difícil y aún me refugio en los dulces cuando las cosas se ponen difíciles, pero cada vez ocurre con menos frecuencia. Como entiendo que solo soy un ser humano, mis debilidades y su origen, ni me castigo ni me hundo en la tristeza, intento mimarme, para levantarme el ánimo, con cosas que no me hagan daño; salgo a correr, doy paseos con mi perro (no nos dejaban tener mascotas) y cocino comida saludable. No tengo muchos amigos, porque me he vuelto muy exigente con la gente, pero los pocos que tengo tienen buen corazón. Aún tengo que trabajar en lo de encontrar pareja, porque tengo demasiado presente la odiosa relación de mis papás. Mi hermana, sin embargo, tiene novio desde hace tres años y es muy feliz. Su relación está llena de cariño, de respeto y basada en la amistad. Sus traumas, usados con inteligencia, le han servido para llevar una vida opuesta a la de nuestros papás.
Espero que lo que nos pasó a las dos os anime, y os ayude a entender que, por muy mal que pinten las cosas, si trabajas duro puedes darles la vuelta. Tengan fe en ustedes mismos. Quiéranse. Y que Dios siempre les proteja.

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